Después de haber estado acurrucada en un rincón de la cama contra la pared abrazando la sabana como si me fuera la vida en ello por más de media hora, llorando en completo silencio, más para no despertarla/molestarla que para que su mamá no me escuchara, pude tomar el puto valor que se necesitaba para enrredarme en sus brazos, rindiendome, casi gritandole
Te necesito como nunca necesite a nadie.
Mi inconciente esperaba el clásico rechazo que me había brindado otra persona una y otra vez en el pasado, un sutil y muy amable “¿Y ahora por que mierda lloras? Deja de joder y dormí” seguido de una vuelta en la cama para darme la espalda y dejarme sola y a merced de mi llanto, que por nada de el mundo me daba un respiro en toda la noche.
Quizás por eso me sorprendí cuando ella al sentir mis lágrimas y mi respiración irregular, no dudó nisiquiera un milisegundo en rodearme con los brazos y apretarme contra ella, preguntandome suave y tiernamente que me pasaba, y cuando le respondí que no sabía, en lugar de molestarse, solo me abrazó y me dijo que si necesitaba llorar que lo hiciera.
Nunca me sentí más segura y contenida en mi corta vida. La sensación de saber que ella estaba ahí, sosteniendome a pesar de que no tenía ni idea de porque me estaba desmoronando, su simple impulso de sostenerme y abrazarme sin necesidad de una explicación, fue la respuesta a millones de preguntas que estaban golpeandome sin piedad.
No puedo permitirme tener una sola duda acerca de lo que sentí estando abrazada a ella, esa paz que te inunda al saber que estas completamente en tu lugar, en tu hogar; la sensación de que todo va a estar bien aunque ambas sepamos que no va a ser así, pero no importa, porque podemos sostenernos una a la otra, siempre.
¿Estás dispuesta a quererme más de lo que yo me odio?